El ruido del descontento: ollas, 26% y “casa tomada”

“Desde la puerta del dormitorio (ella tejía) oí ruido en la cocina; tal vez en la cocina o tal vez en el baño porque el codo del pasillo apagaba el sonido. A Irene le llamo la atención mi brusca manera de detenerme, y vino a mi lado sin decir palabra. Nos quedamos escuchando los ruidos, notando claramente que eran de este lado de la puerta de roble, en la cocina y el baño, o en el pasillo mismo donde empezaba el codo casi al lado nuestro.
No nos miramos siquiera. Apreté el brazo de Irene y la hice correr conmigo hasta la puerta cancel, sin volvernos hacia atrás. Los ruidos se oían mas fuerte pero siempre sordos, a espaldas nuestras. Cerré de un golpe la cancel y nos quedamos en el zaguán. Ahora no se oía nada.
-Han tomado esta parte -dijo Irene. El tejido le colgaba de las manos y las hebras iban hasta la cancel y se perdían debajo. Cuando vio que los ovillos habían quedado del otro lado, soltó el tejido sin mirarlo.
-¿Tuviste tiempo de traer alguna cosa? -le pregunté inútilmente.
-No, nada.
Estábamos con lo puesto. Me acordé de los quince mil pesos en el armario de mi dormitorio. Ya era tarde ahora.
Como me quedaba el reloj pulsera, vi que eran las once de la noche. Rodeé con mi brazo la cintura de Irene (yo creo que ella estaba llorando) y salimos así a la calle. Antes de alejarnos tuve lástima, cerré bien la puerta de entrada y tiré la llave a la alcantarilla. No fuese que algún pobre diablo se le ocurriera robar y se metiera en la casa, a esa hora y con la casa tomada.”
Julio Cortázar (1914-1984) Casa tomada, fragmento

Estoy escuchando los cacerolazos desde mi ventana. Desde la televisión, donde un nervioso Zalaquett trata de dar “órdenes” a nuestros estudiantes, diciéndoles que deben volver a clases, que sus padres estarán enojados, que un grupo de 200 apoderados (que equivale al menos del 5% de los habitantes de Santiago y qué decir de Chile) han llamado a su teléfono, inquietos porque sus hijos no han ido a clases, que pueden perder el año…

Hace un rato, también enarbolé mi olla al viento y toqué, toqué más de media hora. Con rabia, con pena, con desesperación. Escribo ahora con las manos agarrotadas, pero felices entre tanta desdicha.

Afuera suenan las bocinas, las ollas, la gente, los gritos, la policía. Zalaquett sabe que no es escuchado. Alterna su discurso un ruido mayúsculo: es la gente que se expresa como hace 25 años atrás o más cuando se atrevió a golpear las ollas al oscuro dictador, porque no había comida “las ollas están vacías, sr. Pinochet”. Mientras suena mi cacerola, un recuerdo viene a mi mente, el de una noche golpeada por el ruido de la insolencia, un helicóptero arriba zumbado, un destello: una bala cayendo directo hacia nuestro patio, mi madre gritando, agarrándonos de la solapa y adentro de la casa, mierda, que ya no se puede protestar. Vivíamos con miedo, pero eso, eso es de mucho tiempo atrás.

Hoy son otros jóvenes y otros los requerimientos. Son almas sin miedo, sin política y sin el yugo de una dictadura a cuesta. Los que vivimos esa época macabra los miramos con admiración desde nuestra trinchera cotidiana. Fuimos la generación que bajó el moño muchas veces, pero también la más crítica.

Nuestros jóvenes se atrevieron a dar la cara. A sacudir el velo de la monotonía, a pensar, a reflexionar y a decir: por qué. Por qué hemos permitido que se lucre con aquello que es inherente al ser humano. Nuestros jóvenes han salido a la calle con lluvia, frío y todo tipo de inclemencias para poder alcanzar el ideal de una educación de calidad.

¿Quién acalla el sonido de la gente en medio de la noche? Hoy hemos sido testigos de la represión más horrorosa en nuestros veintitantos años de democracia. Independiente de la actuación reprobable de algunos de los manifestantes, el manejo del gobierno y del ministro del interior frente a la marcha pone en evidencia la falta de estrategia, sentido común y liderazgo que ha demostrado esta coalición que en un minuto pensó que gobernar consistía solo en salir electo.

Siguen sonando las bocinas y con ello el descontento de este pueblo. Descontento ante la violencia, la falta de diálogo y comprensión. El gobierno no ha querido ni sabido escuchar las demandas de los estudiantes. Ellos creen que con realizar reformas de utilería conseguirán acallar las voces de quienes exigen, protestan y sueñan. Ellos siguen mandando, coartando, diciendo un casi “niños malcriados, déjense”. En su discurso falaz han instaurado la idea de que son los jóvenes los que no han querido escuchar, que no han querido dialogar, sin darse cuenta de que han sido ellos, los gobernantes de turno, quienes quieren imponer una “reforma” sin entender realmente la petición de los estudiantes.

Un escabroso 26% de aprobación entregado por la encuesta CEP nos da la idea de un gobierno que está siendo acorralado por la opinión pública y que está perdiendo total credibilidad. Más temprano que tarde, Piñera y su gabinete cerrarán la última puerta que los perderá totalmente y con ello, la esperanza de la continuidad de un gobierno de derecha.

De elecciones y vuelta al fracaso…

Como perros hambrientos
Ante una presa inexistente
El cebo esperaba frente a una ventana
Pequeño, como todos
Frágil, como todos
Cayeron ante él prosternados
Las rodillas dobladas ante el paroxismo de su figura
Invocaban a un muerto
Entonces que 20 años no es nada
Qué febril la mirada
Y vuelta y vuelta