El caso Van Rysselberghe: decadencia moral en el gobierno.

La gente que votó por Piñera ese 17 de enero del año 2010 no sé en que estaba pensando. Seguramente en que el cambio haría bien a un país. Sin duda, las alternancias son necesarias, no obstante cuando hablamos de dirigir a un país se debe escoger gente competente y equilibrada. Cuando se vota por una persona en el cargo más importante de una nación no sólo se vota por ella, sino por todo el conglomerado que lo apoya e identifica. Con ello todas las personas que puedan significar una confianza para el presidente y ocupa un cargo público.

Nadie duda que un cargo público se refiere a servir a los demás. Pero no podemos ser tan maquiavélicos en nuestro actuar y justificar las más atroces mentiras y engaños para defender una “buena” acción. Hoy en día sabemos que los políticos no dan puntada sin hilo y cada cosa que realizan ya no es por el bien público sino por un tema de honor, de ganancia o popularidad, valga decir éste último término para designar lo que ha sido el eje de la “campaña” política de Piñera y su cartera.

Es lamentable. Actualmente el caso de la intendenta ha dejado mucho que desear, pues su actuación nos plantea un serio problema moral. Cuando se leía a Dostoievsky nos mostraba el autor personajes desgarrados por el problema moral. de este modo teníamos un Raskolnikov que se debatía entre su confesión del crimen y el silencio que lo rodeaba. Finalmente en la novela del excelso autor triunfaba la moral y lo que hacía grande y digno a un ser humano. Sin embargo, en nuestro caso, la intendenta no sólo justifica su mentira, sino que pide apoyo a su grupo político – la UDI – quien no duda en otorgarle respaldo ¿Nos preguntamos: dónde está la probidad? ¿Deberemos justificar mentiras y engaños en todo cargo público, en las pequeñas acciones solo para defender aquello que nos parece justo?
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Siempre Buenos Aires II: tips para viajeros que invierten…

Floralis Genérica en el barrio de Recoleta
Este año decidimos volver a la capital de Argentina después de un año de desconexión. Algunas cosas cambiaron y otras se mantuvieron inalterables en la ciudad. Después de haber visitado ya por cuarta vez la ciudad uno podría decir algunas cosas…o quizás no tantas, ya que Baires es un laberinto que demora mucho en descubrir.

Este año decidimos hacer el viaje en avión. Es una lata realmente esperar tanto rato por un viaje que dura 1 hora y media. Absurdo esperar cerca de dos horas para el abordaje. En el rato de espera puede uno “deleitarse” visitando una y otra vez las tiendas con precios elevadísimos, o los tentadores “duty free”. Sin duda, uno termina por aburrirse. La espera la encuentro justificada para un viaje a Europa, ni más ni menos se trata de trasladarse de un continente a otro.

Partimos a las 9:40 y llegamos a las 11:30 a la capital federal. No es recomendable contratar remises que no estén visados por el aeropuerto. Aun así fuimos estafados por $8 por la empresa que contratamos. Tenía el servicio por $130. Pagamos con $200 y nos dieron de vuelta $62 (manía mía – mala por lo demás – de no contar el vuelto inmediatamente) Debo decir que el paisaje que rodea a Ezeiza es maravilloso. Muy selvático, verde, lleno de vida. Poco a poco se va asomando la ciudad con su arquitectura característica. Un breve paseo por la avenida Rivadaria por el Congreso Nacional nos dice “ya estás acá”, pero qué raro, la sutil nostalgia que me invadía en los viajes anteriores hoy no la siento…
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