El héroe mítico en la Odisea. Una pequeña reflexión acerca de la prudencia

Metopa del Partenón, diseñada por el escultor Fidias en el s. V . A.C. Representa la lucha mítica de los Centauros (fuerza) con los Lapitas (razón).

Metopa del Partenón, diseñada por el escultor Fidias en el s. V . A.C. Representa la lucha mítica de los Centauros (fuerza) con los Lapitas (razón).

Un hombre desea regresar a su tierra. Ha pasado veinte largos años alejado de ella. Un hombre, tan sencillo, pero valiente. Se enfrenta con entereza a lo que el destino pueda depararle. Ante él, prefiere escuchar a los dioses y sus consejos. Y no solamente escucharlos, sino seguirlos ¿Qué será lo mejor? Es lo que en el fondo nos susurra a través de sus acciones y sus palabras.

Así, siguiendo los consejos de la maga Circe, decide enfrentarse al deleite irresistible que proporcionan las sirenas y con ello, pide a sus hombres que lo amarren al mástil y ordena a ellos que se tapen sus oídos.

En el escueto, pero reconocido fragmento anterior, vemos una de las tantas situaciones a las que debe enfrentarse el hombre: o ceder a sus instintos, ceder al placer o perseguir el bien, lo que es mejor para cada cosa. Inclusive, en este episodio de las sirenas, vale la pena cuestionarse el fin de la vida ¿es el fin de ésta el placer?

Sin duda, Ulises también se lo cuestionó. Y en este acto deliberativo, reside parte de su grandeza. En su plena libertad y con plena razón, Ulises decide lo que es mejor para sí y su tripulación. Pues, frente a las alternativas que el destino le presentaba, debía escoger: o me quedo con lo sensitivo (y con esto, sin duda, me alejaré de mi misión, de mi tierra y seguramente de mi propia vida) o escojo mediante la razón y llevo a puerto seguro tanto a mi persona como a mis hombres.

En esta sencilla deliberación, vemos uno de los rasgos fundamentales que coronarán a este personaje mítico y ésta es la prudencia. De hecho, durante la lectura de este poema épico, vemos en contadas ocasiones que a Ulises se le denomina con el epíteto de prudente (el prudente Ulises). Varios estudios determinan que la característica de este personaje es la astucia, pero un personaje que ha debido opinar a lo largo de la obra y decidir que es lo mejor tanto para sí como para los demás, va más allá de un simple rasgo de perspicacia, presentando, así, la característica mencionada.

Prudencia que consiste más allá de obrar bien o mal, porque en esto podría parecerse al arte, sino que en la acción relatada anteriormente, vemos uno de los rasgos constituyentes de la sofrosine. En esta lucha de la inclinación del cuerpo, la materia, hacia aquello que no es intelectivo, sino más bien, hacia las pasiones; la razón intenta frenar estos impulsos. Acción que vemos en Ulises cuando decide – delibera – atarse y con ello hacer frente a la pasión; someterla a la razón, a lo que es justo, bueno y que nos hace ser mejores.

¿Y qué es la prudencia? ¿Es acaso hacer algo bien? Si se trata de hacer algo bien, entonces esta virtud no se diferenciaría de lo que es arte o tecné. Porque el arte supone algo ya predispuesto. Podríamos incluso afirmar que el sentido común esconde algo de ciencia, porque es algo comprobado. La prudencia podría revestirse del sentido común, pero va mucho más allá, porque va de acuerdo al hábito, pero un hábito moral. Por lo tanto, el sentido común – algo que pertenece a todos – se aleja de la prudencia en tanto que ésta pertenece al individuo, pues consulta cosas para sí y en esto se aleja de lo predispuesto, porque esto no necesita ser consultado. Un ejemplo sería:

Un bebé enfermo, está deshidratado, entonces, hay que llevarlo al médico de inmediato

La acción anterior corresponde al sentido común, y en parte a esta ciencia colectiva e inclusive algunos dirían instintiva, ya que responde a la supervivencia del hombre. En el ejemplo anterior, la madre – o quien fuese tutor del niño – no decide en el fondo, ya que la situación le obliga a este accionar. No hubo deliberación. Tampoco decisión ante lo que es bueno o malo, porque sin duda se trata de un tema de si vivir o morir.

En cambio la prudencia es una virtud. La virtud es un hábito. Entendemos hábito como la disposición para escoger bien. Y va más allá, porque es un hábito determinado por la razón, pero relativo a cada cual. Es en este punto donde subyace el hombre prudente. Porque se dice de ella – de la prudencia – que es un hábito verdadero y práctico que conforme a razón trata los bienes y males de los hombres. En este sentido, el hombre prudente es quien, conforme a este hábito escoge, delibera lo que es bueno o malo para sí y para los demás de acuerdo a cada situación.

No obstante, la prudencia se le denomina como hábito – y es aquí su diferencia con la tecné o la ciencia – ya que ésta necesita seguir un orden adecuado. Orden que dependerá de la razón y de las facultades del hombre. Al contrario de la tecné que puede saltarse ciertas reglas y no por ello dejar de ser arte. La prudencia no puede saltarse ciertas reglas, debe operar bajo un mecanismo angular (puede ser la verdad o lo verdaderamente bueno) y sobre éste, elegir o dilucidar lo que nos hace ser mejores.

Al final la prudencia es más profunda y compleja, porque presenta uno de los problemas más abismales del ser humano, ya que conforme a su razón y a su hábito (disposición de la facultades del hombre para obrar deleitablemente, esto es con alegría) debe escoger. No olvidemos que el hombre es el único ser que debe decidir. Por este motivo es una virtud que no se olvida, porque tampoco actúa sólo conforme a la razón, sino que invoca en el ser humano todas sus capacidades y además, templadas (sofrosine).

El problema mayor que hay – y que quizás difumina la diferencia entre tecné y prudencia – es que el hombre que desea actuar con prudencia, o tener esa característica, si sigue un proceder determinado por convención – pensemos en una especie de “tecné” de la conducta -, no le asegurará que efectivamente lo sea (pensemos, por ejemplo, en las leyes. Puedo no robar, pero interiormente ser un deshonesto o el hombre que sigue ciegamente las escrituras y que por ello piense que tiene asegurado el cielo y que es bueno, siendo que en el fondo puede ser un cretino), sino que debe operar en él toda una voluntad y tomar conciencia que sólo de él depende finalmente el hábito. Que la prudencia, empíricamente, sigue reglas que se erigen en lo profundo de los corazones e intelecto humanos, y por esta misma razón, no se puede contabilizar, prever ni anticipar. Y es sin duda, donde subyace la tragedia humana, en esta consecuencia, en este proceder de acuerdo a los principios, ser un hombre prudente, alejado de los rasgos instintivos que en el fondo nos alejan de lo que es verdadero (problema de la inteligencia práctica).

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5 comentarios

  1. […] El héroe mítico en la Odisea… […]

  2. Gracias por el análisis, realmente me servirá de sobremanera, para comprender un poco más, esta compleja y a la vez, deleitable obra, que es la Odisea. En cuanto a ésta, la próxima semana tendré una evaluación y por eso, si es que tienes o conoces otros análisis al respecto, te lo agradecería mucho. 🙂

    Pd: Mis cordiales saludos.

  3. Muchisimas gracias por el analisis 😀

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