Invernadero

Enrique Lihn 2[1]

 

¿Qué será de nosotros ahora? ¿Nos sorprendió esa noche, para siempre en el bosque

infundiéndonos el sueño de la herrumbre del pozo o reencontramos en la tarde el buen camino familiar

y se nos hizo un poco tarde en el jardín un poco noche junto al invernadero

las narices, las manos empavonadas de bosque, las manos maculadas de herrumbre del brocal, el escozor de las orejas flagrantes, el cuerpo del delito pegado a las orejas:

la picadura, el rastro de un insecto benigno?

 

¿O nos perdimos, realmente, en el bosque? Esto podría ser como el claro del sueño:

nuestra presencia en la que no se repara si no como se admite el recuerdo agridulce de los niños

bien entrada la noche, cuando en una penosa reunión familiar todo el mundo se ha esforzado en vano

por retenerlo arriba, en la clausurada pieza de juegos. Porque algo nos diría sin duda

este jardín que habla si estuviéramos despiertos; pero entre él y nosotros

(nos hemos entregado

a nuestra edad real como a una falsa evidencia)

se levantan los años empavonados del aire que entra al invernadero lleno de vidrios rotos

vidriándonos la noche de un bosque inexpugnable.

 

Y allí afuera no hay nadie, todo el mundo lo diría si lo preguntáramos en voz alta; y si se nos escuchase preguntarlo; o si se consintiera

en recoger esta absurda pregunta. Nadie, salvo el reflejo difuso de todos los rostros

en los vidrios intactos empavonados de nadie.

 

Las hojas nada dicen que no esté claro en las hojas. Nada dice la memoria

que no sea recuerdo; sólo la fiebre habla de lo que en ella habla

con una voz distinta, cada vez. Sólo la fiebre

es diferente al ser de lo que dice.

Y allí afuera no hay nadie

 

Pero, ¿qué será de nosotros ahora?

El héroe mítico en la Odisea. Una pequeña reflexión acerca de la prudencia

Metopa del Partenón, diseñada por el escultor Fidias en el s. V . A.C. Representa la lucha mítica de los Centauros (fuerza) con los Lapitas (razón).

Metopa del Partenón, diseñada por el escultor Fidias en el s. V . A.C. Representa la lucha mítica de los Centauros (fuerza) con los Lapitas (razón).

Un hombre desea regresar a su tierra. Ha pasado veinte largos años alejado de ella. Un hombre, tan sencillo, pero valiente. Se enfrenta con entereza a lo que el destino pueda depararle. Ante él, prefiere escuchar a los dioses y sus consejos. Y no solamente escucharlos, sino seguirlos ¿Qué será lo mejor? Es lo que en el fondo nos susurra a través de sus acciones y sus palabras.

Así, siguiendo los consejos de la maga Circe, decide enfrentarse al deleite irresistible que proporcionan las sirenas y con ello, pide a sus hombres que lo amarren al mástil y ordena a ellos que se tapen sus oídos.

En el escueto, pero reconocido fragmento anterior, vemos una de las tantas situaciones a las que debe enfrentarse el hombre: o ceder a sus instintos, ceder al placer o perseguir el bien, lo que es mejor para cada cosa. Inclusive, en este episodio de las sirenas, vale la pena cuestionarse el fin de la vida ¿es el fin de ésta el placer?

Sin duda, Ulises también se lo cuestionó. Y en este acto deliberativo, reside parte de su grandeza. En su plena libertad y con plena razón, Ulises decide lo que es mejor para sí y su tripulación. Pues, frente a las alternativas que el destino le presentaba, debía escoger: o me quedo con lo sensitivo (y con esto, sin duda, me alejaré de mi misión, de mi tierra y seguramente de mi propia vida) o escojo mediante la razón y llevo a puerto seguro tanto a mi persona como a mis hombres.

En esta sencilla deliberación, vemos uno de los rasgos fundamentales que coronarán a este personaje mítico y ésta es la prudencia. De hecho, durante la lectura de este poema épico, vemos en contadas ocasiones que a Ulises se le denomina con el epíteto de prudente (el prudente Ulises). Varios estudios determinan que la característica de este personaje es la astucia, pero un personaje que ha debido opinar a lo largo de la obra y decidir que es lo mejor tanto para sí como para los demás, va más allá de un simple rasgo de perspicacia, presentando, así, la característica mencionada.

Prudencia que consiste más allá de obrar bien o mal, porque en esto podría parecerse al arte, sino que en la acción relatada anteriormente, vemos uno de los rasgos constituyentes de la sofrosine. En esta lucha de la inclinación del cuerpo, la materia, hacia aquello que no es intelectivo, sino más bien, hacia las pasiones; la razón intenta frenar estos impulsos. Acción que vemos en Ulises cuando decide – delibera – atarse y con ello hacer frente a la pasión; someterla a la razón, a lo que es justo, bueno y que nos hace ser mejores.

¿Y qué es la prudencia? ¿Es acaso hacer algo bien? Si se trata de hacer algo bien, entonces esta virtud no se diferenciaría de lo que es arte o tecné. Porque el arte supone algo ya predispuesto. Podríamos incluso afirmar que el sentido común esconde algo de ciencia, porque es algo comprobado. La prudencia podría revestirse del sentido común, pero va mucho más allá, porque va de acuerdo al hábito, pero un hábito moral. Por lo tanto, el sentido común – algo que pertenece a todos – se aleja de la prudencia en tanto que ésta pertenece al individuo, pues consulta cosas para sí y en esto se aleja de lo predispuesto, porque esto no necesita ser consultado. Un ejemplo sería:
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