De “1984” al increíble concepto de los reality shows y sus efectos.

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Cuando leemos 1984 de George Orwell nos encontramos ante una historia desgarradora. Que ni siquiera podríamos pensar que pudiera ser de Ciencia Ficción. La forma en que los personajes se ven limitados y presionados por el régimen que los gobierna y la imposibilidad de forjar lazos con las personas pertenecientes a su comunidad, nos adelanta la manera de cómo una sociedad va perdiendo sus rasgos que la hacen humana, para convertirla en una sociedad tecnificada y con muy poco de alma.

La brillante mente de George Orwell nos presenta a través de Winston – al parecer único humano – la apoteosis de un sistema que establece duras reglas y controla hasta los pensamientos de los integrantes del “partido”. A través del “Doble pensar” y la desintegración del lenguaje ( la neolengua) el Gran Hermano y su sistema, van creando una amnesia social y cultural, en donde la lógica y la razón se desdibujan. Éstas quizás podríamos encontrarlas en un simple esquema olvidado:

“La libertad es poder decir libremente que dos y dos son cuatro. Si se concede esto, todo lo demás vendrá por sus pasos contados.”

Winston y Julia, dos integrantes del partido – quienes no podían mantener relaciones físicas ni de ningún tipo – se ven envueltos en una sutil epifania del amor, cuando ya se creía todo perdido. Buscan un refugio, lejos de las cámaras y constantes pantallas vigilantes, que muestran incansablemente el rostro del gran hermano. Cuando lo encuentran, son hallados. Cuando son hallados son destruidos. Finalmente, “dos más dos” ya no tiene sentido. Son “borrados” de esta lógica:

« -¿Existe el Gran Hermano?
– Claro que existe. El partido existe. El Gran Hermano es la encarnación del Partido.
-¿Existe en el mismo sentido en que yo existo?
-Tú no existes – dijo O’Brien…»

En una sociedad estratificada, inconsciente del otro, ignorante del otro, que sólo sirve a los intereses de los poderosos, en donde las personas son vigiladas constantemente, ya no existe el ser humano. Éste es sólo la proyección de un poder establecido.

En la instancia de una constante guerra, infinita en el tiempo, dos seres que llegaron a amarse, a ser uno, han sido destruidos, evaporados. No obstante, viven aún, pero todo recuerdo y toda razón han sido borrados de sus mentes para integrarse sin réplicas al sistema imperante. Ese es el final pesimista de 1984, la genial novela de Orwell.

En 1999, la idea de este escritor es adaptada por la televisión holandesa para generar un nuevo tipo de programa que paulatinamente iría logrando aceptación por parte del público: los reality shows. De hecho, el primero de ellos y que marcó la pauta para todos los demás “realitys” se llamó “El gran hermano”. Todo a partir de la idea de la cámara permanente que vigilaba cada uno de los pasos de ese grupo de personas que aceptaba encerrarse por un tiempo en una casa para lograr el primer lugar y con ello abrirse paso a la fama.

Caricatura horrorosa de una asombrosa novela. Que marcó todo un precedente en la forma de entender la televisión. De alguna manera se nos mostraba una realidad. Que, bajo todos los parámetros no lo era. O sea, esbozaba “torpemente” algunos de los rasgos de una realidad, pero todo bajo el perfil de un espectáculo, en donde -como televidentes – podíamos ser ese “gran hermano” y observar lo que sucedía con las personas sometidas a ese encierro voluntario.
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