Acerca de los libros (Ex libris)

libros« Se me pide que hable del libro, pero no sé del todo lo que es el libro aunque he vivido en diálogo con él desde las infancias que no cesan. Estoy pensando en el libro manantial, tan lejos del best seller, en ese libro único escrito por el hado, que me permite ser y crecer, en esa urdimbre del sentido y del sin sentido al mismo tiempo, que me hace vislumbrar el caos primordial; en el libro creador llámese Biblia de los Vedas o Corán o Popol Vuh o Libro de los Muertos o en aquel Juego de Ilión, o El Quijote o el Fausto o la Divina Comedia o en aquellas piedras angulares que Harold Bloom registra con el designio de Canon Occidental. Pero pienso también en ese otro libro que vamos escribiendo entre todos: el del instante y el de las galaxias, que excede a toda imaginación; a la de los poetas y de los físicos, que es la misma.

Parece haber lo macrocósmico y lo microcósmico del libro, sin caer en lo esotérico. En todo caso lo que importa es que no se vea la mano, y eso lo sabemos los poetas. A Dios en el libro Mundo no se le ve la mano.

Un paso más. No soy libresco y mi escritura registra más bien el trauma primario de lo natural. De ahí mismo la sintaxis deshilachada. Pero adoro a los libros progenitores y no sé qué haríamos sin ellos. Una peste, una epidemia que hiciera estragos invisibles en la materialidad de esos papeles, un envenenamiento general de los signos portentosos, una maligna corrupción, y adiós a la memoria. A la memoria madre, esto es, a Mnemosina, madre de las Musas ¿Qué haríamos con esa mutilación del universo si el universo mismo es un libro?»
Gonzalo Rojas
Poeta – Premio Cervantes 2003
Sobre la lectura

Mis recuerdos viven bajo el apagado limonero de la casa de mis padres – extinto ya desde hace años- en un improvisado columpio leyendo el libro que mi madre me obliga a leer todos los días, una hora. Con disgusto asumo la orden y molesta voy a buscar un sitio en la casa. Hace frío, es invierno. Pero no tan frío como para cobijarme bajo el árbol. Y ahí me quedo. Primero es una hora, luego son dos y más adelante hasta que la luz natural lo decida. Luego, feliz, voy a narrar a mi madre lo que el libro me ha conversado, plácidamente, en sútiles susurros cargados de melancolía.

Entonces retrocedo y voy a uno de mis primeros recuerdos con el libro. Es pequeño, celeste. Mi padre lo pone en mis manos. Apenas se leer, sin embargo, recojo ese regalo con felicidad. Viene un nuevo mes y otro libro pasa a mis manos. Dice “Barba azul y otros cuentos”. Leo, me emociona el relato de la pequeña infanta y me aterroriza el fantasma de Canterville. Pero llega el colegio y el deber. Sorprendentemente, a mi mente vienen pocos libros. Entonces aparece el recuerdo del limonero y de mi madre, obligandome a leer el de lectura mensual (debe haber sido, supongo, por mi negación a leerlo) Y de ahí ella se hizo parte de mi vida. Nunca pude comprender el mundo sin ellos, mis amigos, los libros.

¿Qué es lo que nos hace leer? Hoy día el Gobierno se quiebra la cabeza en uno que otro proyecto para devolver a la lectura y al libro el lugar que le correspondían en la sociedad. Claro, porque las cifras en comprensión lectora han descendido de manera alarmante (el 80% de los chilenos no tiene el nivel de lectura mínimo para insertarse en el mundo de hoy)1 y cada día se lee menos 2.

Y no es un fenómeno que se esté dando sólo en nuestro país. Argentina, por ejemplo, uno de los países que no posee impuesto al libro, ve con preocupación que sus ciudadanos leen menos, como quedó demostrado en un estudio realizado por el Centro de Estudios de la Opinión Pública (CEOP) en abril del 2006 en el marco de la 32ª Feria internacional del libro: “Si es alentador que nueve de cada diez argentinos digan que poseen libros en su casa, y que el 80% de los entrevistados confiese que les gustaría leer más, no lo es que el 42,7%, casi la mitad de la población, no haya comprado un solo libro en los últimos seis meses, ni que el 85,7% tenga la percepción que el hábito de la lectura está en baja” y agrega además: “En efecto, si se compara la situación actual con la de hace diez años atrás, el 54,1% dice leer menos que hace una década, sólo un 32,2% lee más, y un 13% lee con la misma frecuencia”3

¿Qué es lo que nos ofrece la sociedad actualmente? Me pregunto ¿ Nos ofrece más tiempo? Evidentemente no. La tecnocracia y el sistema se han confabulado para que ya no existan limoneros ni columpios que puedan proporcionarnos el placer recóndito que se haya escondido en las páginas de un libro. Leer es tiempo robado. Ya no está circunscrito, a pesar de todos los proyectos, fomentos e inversiones. El tiempo para leer, para tomar un libro, va en reversa, se extingue, es cada vez menos.

Y no es culpa de las nuevas tecnologías. No es culpa de internet. Cierto lazo entre el libro y el hombre se está debilitando. Inexorablemente. Y no bastará este post para definirlo, quizás apenas enunciarlo.

Cada vez se editan menos libros. Un ejemplo: un informe realizado por el Grupo de de Estudios de la Industria del Libro en EEUU, arrojó que en el año 2003 se vendieron 23 millones de libros menos que en el 2002. Las causas, según el informe, se deben a la comercialización de libros de segunda mano, el monopolio de las casa editoriales, el florecimiento del cine, la música y las revistas pop. Los libros que mayor venta tuvieron fueron los de autoayuda, muchos de ellos con un alto grado de vulgaridad y charlatanería, pero que, sin embargo, el público los busca4.

Este descenso en las ventas ha llevado a la tesis de que el libro está en franca decadencia. Junto con el descenso de la lectura, suma, además, la promoción de una cultura cada vez más superficial.

¿Qué es lo que nos hace leer? Ciertamente es un misterio. Cada uno tendrá su experiencia particular e íntima con los libros y ellos, todos, viven en un lugar incierto de nuestro corazón. Autores e historias que nos entregaron una cuota de salud a nuestra alma, que la redimieron, que la despertaron. No se sabe.

Y qué decir de la lectura mensual. Esa lectura que el Ministerio de Educación ha propuesto en millones de años, evaluar y que los colegios, en su sacra compostura, han decidido seguir. Y los profesores que matan la lectura. Con absurdas pruebas llenas de detalles, aciertos, escondrijos, con el resabio que debemos ser buenos lectores. Como si el buen lector se midiera en el detalle y no en la capacidad de su amor por los libros.

¿Qué hacer? Obligados, en cierto modo, a tomar un libro que no se escogió, los alumnos obedecen a la pauta de que habrá una sanción en nota para el que optó por su primer derecho: el de no leer.

Porque cómo leerá quien no se le ha enseñado a amar a los libros. Si no sabe, si no siente ni vive lo que éstos nos entregan. Podemos hablar con nuestras palabras que serán sólo eso, si es que nuestras palabras logran tocar un corazón. Entonces todo estará cumplido. Si una sola de ellas puede motivar a alguien a leer, a alguien a robar un poco de tiempo de sí mismo para sí mismo, entonces algo se habrá logrado.

Por lo tanto ¿dónde reside el fomento a la lectura? ¿En el colegio? Otra vez nos vemos con el dilema de quién transmite y de quién enseña. Ciertamente, el colegio debe hacer leer. Es ahí, como en ningún lugar, que se discutirán la lectura y los libros. Se tratará, obviamente, de incorporar la lectura como medio eficaz de la comprensión y crítica del mundo ¿Pero lo hace bien?

En Chile se han invertido más de 11 millones de dólares en la implementación de programas de fomento lector y aún así, los resultados de la prueba PISA aún nos colocan en un nivel bastante inferior5. En el discurso del 21 de mayo pasado, la presidenta Michelle Bachelet, anunció la creación del “maletín literario”, tema que puso sobre el tapete la discusión -una vez más – de qué es lo que deben leer los chilenos y lo mal que estamos en ese ámbito. Buena intención, pero -como siempre- mala implementación. Porque ¿Motivará a esas miles de familias (400 mil) leer El Quijote o Hijo de Ladrón o Canto General como algún premio Nacional de Literatura sugirió?

Al parecer, ciertas personalidades se olvidan de la primera función que tuvo la literatura: entretener. Se olvidan que en un principio tuvo un trasfondo oral. Que la gente se deleitaba escuchando La Iliada, que gozaba escuchando a los juglares contar acerca de ese gallardo hombre que era el Mio Cid y que la mayoría de los pueblos – sino todos – cuentan en su formación con los mitos, que eran…orales.

Y se olvidan que los libros eran un bien escaso. Que los clérigos se teñían los dedos escribiéndolos y que las bibliotecas valían lo mismo que el Banco Central. Se olvidan que cuando se generó la imprenta el pueblo ya no fue ignorante y que había libros para todos. Y que luego, la censura, la inolvidable y siempre dispuesta censura, llegó para arrebartárnoslos de las manos: el quijote, Madame Bovary y tantos y tantos otros que sufrieron y aún sufren de ésta.6

Por eso, no podemos derrochar esta iniciativa. En ese maletín, el libro que llegue a esas familias debe nutrir y dejar hambriento, esa necesidad que nos – y los- llevará por más. Porque un libro que no posea significación en sus vidas, no llenará ningún vacío, porque no los necesitan. Debemos hacer de tal forma que ellos se conviertan en una necesidad.

Así con nuestra difícil relación con ellos. A través de la historia y a través de los siglos han constituido un eje para la crítica y la discusión. Por eso se los teme, se los ama o se los odia. Nunca nos han sido indiferentes.

Hablan por nosotros y de nosotros. De nuestras pasiones. De nuestras bajezas. De nuestra vida y de nuestra realidad. Son de nosotros y hacia nosotros van. Como especie, la única capaz de hablar de sí misma, de narrarse.

Por último, quiero terminar con unas palabras de Ernesto Sábato y su experiencia con ellos: “un libro lleva, inexorablememte, a otro libro, a través de los más grandes de todos los tiempos, esos que nos entregan los abismos del corazón humano, y la belleza y el sentido de la existencia. Leer les agrandará, chicos, el deseo, y el horizonte de la vida. Leer les dará una mirada más abierta sobre los hombres y sobre el mundo, y los ayudará a rechazar la realidad como un hecho irrevocable. Esa negación, esa sagrada rebeldía, es la grieta que abrimos sobre la opacidad del mundo. A través de ella puede filtrarse una novedad que aliente nuestro compromiso.”

Citas:

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